sábado, 9 de marzo de 2013

Ella




Violeta García Server, “Autorretrato”.


Y mientras los demás animales miran inclinados a la tierra,
dio al hombre un rostro levantado y le ordenó que mirara
al cielo y levantara el rostro alto hasta las estrellas.

“La Creación, 84-86. Metamorfosis”, Publio Ovidio Nasón



Adivina adivinanza

Nací Yo primero y de mí
nació el mundo:
los árboles, las flores,
los valles, las montañas,
los pájaros, los animales, los peces,
el desierto y el mar,
las olas y las dunas,
el Sol, la Luna y las estrellas,
el eclipse, el ocaso y la aurora,
la estrella fugaz;
el ser humano,
la filosofía, la poesía, el Arte;
su sonrisa, sus manos,
sus oscuros ojos infinitos.
Puedes sentirme,
mas no soy sensación,
puedes pensarme,
mas no soy esencia;
soy todo eso y mucho más.
Soy la que te da la mano,
la que te guía,
la que habita en tu alma
y debes aprender a escuchar.
Sólo a través mío podrás retornar,
pues del uno venimos
hasta convertirnos en la diversidad;
infinitas expresiones
de una cosa nada más,
infinitas notas
en una sinfonía eterna y celestial.
Soy el daimón, Hermes, el mensajero,
a través mío con la Divinidad,
podrás contactar.
Mírame,
con el ojo de tu alma;
escúchame,
con tu oído eterno;
siénteme,
con lo más profundo de tu ser;
ámame,
como el cisne blanco te enseño a Amar.
Solo entonces me podrás cantar,
y al cantarme irremediablemente verás
que no mueren nunca en la orilla
las olas del mar.
Dame la mano, danza conmigo,
olvídate de tu miedo a volar,
y ascendamos juntos
hasta llegar a aquel lugar,
en que todo es uno,
Uno, y nada más.
¿Qué soy?


Capítulo I

Hubo un tiempo en su infancia en el que fue reina. Nació del caos y en su misma cuna fue coronada. Entonces era todo equilibrado y armónico. Por siglos y siglos se dedico a dar forma al mundo. Paseaba a sus anchas y por ahí por donde pasaba todo se impregnaba de Ella.
Primero abrió los ojos y de ellos se escapó la luz. Al estar recostada y mirando hacia el cielo, al ser la primera luz que veía el mundo, se escapó de la tierra y se condensó, quedándose en forma esférica, eterna, sin principió ni fin, a esa esfera la llamamos Sol.
Diose cuenta entonces que donde hay luz debe haber también oscuridad, Ella era equilibrio, así pues creó la noche. Era aún nuestra heroína muy joven, y temía la oscuridad, por lo que empezó a llorar y a llorar y cada lágrima que salía de sus ojos se elevaba e iluminaba el cielo, hasta que quedó la esfera celeste entera salpicada de sus lágrimas. A esas lágrimas las llamamos estrellas.
La siguiente noche admiró el firmamento y pudo dormir tranquila. Durmiendo, por primera vez soñó. Soñó una luz plateada, reflejo de aquella que iluminaba el día. Al haberse ido a dormir feliz, la primera noche la soñó en
forma de sonrisa. Y así soñó catorce noches hasta que consiguió darle a la luz la forma esférica, eterna, sin principio ni fin, a esa esfera la llamamos Luna.
Viola en su plenitud, y vio que tan clara era su luz, que tapaba a las demás que tanto le habían gustado en un principio, y como era justa y defensora del equilibrio, las siguientes catorce noches la hizo disminuir, creando una perfecta armonía entre la Luna y las estrellas. Entonces el Sol vio a la Luna, y ardió aún con más fuerza. Quiso poseerla, y echó a rodar. La Luna vio al Sol y quiso acogerle en su seno, abrazarle, tomarle. Sin embargo un equilibrio había sido establecido ya, y cuanto más corría el Sol más se alejaba la Luna. El Sol probó diferentes ángulos, pensó:
-Si vuelo más bajo tardaré menos en cruzar el firmamento y llegaré a mí amada- así nació el frio y las noches se hicieron más largas que los días. Por no poder alcanzarla desesperó y decidió elevarse para poder contemplarla mejor, entonces los días se hicieron más largos que la noche, y nació el calor.        Se crearon así cuatro estaciones; dos en las que los días se alargaban y acaloraban, y dos en las que los días se acortaban y enfriaban. Cada ciclo duraba 365 días.
Cada mañana asomaba el Sol por el océano, tierno y lleno de esperanza por encontrarla, su luz roja, color de la pasión. Conforme ascendía, la Verdad de su situación se apoderaba de él, y la luz se tornaba clara y transparente. Al caer tras el horizonte, se revestía de nuevo de rojo, mas era un rojo melancólico y triste, augurio de la noche, de las tinieblas. Así vio el mundo su primera Aurora y su primer Ocaso.
La Luna a su vez ansiaba recibirlo, y conforme crecía y decrecía aumentaba y disminuía su anhelo, arrastrando con él a los océanos y formando las mareas. Conforme crecían sus sueños, aumentaba su tamaño, y cada noche irradiaba un poco más de luz. Hasta llegar a sus noches de plenitud, en las que empapaba el mundo con la luz de su esperanza. Sin embargo, ni aun en esas lo encontraba, y empezaba a disminuir de nuevo, cada noche iluminando un poco menos, con cara melancólica. En una de esas
noches una estrella la vio y tanta pena le dio, que se cayó del cielo en forma de lágrima, pues en forma de lágrima había llegado al cielo, y fue esa la primera estrella fugaz.
Tras muchas y muchas vueltas alrededor del mundo, persiguiéndose el uno al otro pero sin jamás encontrarse, el Sol y la Luna le pidieron audiencia. Habló primero el Sol con voz poderosa y ardiente de deseo:
-Nacemos de ti, y la esencia tuya que hay en nosotros nos atrae el uno hacia la otra -dijo el Sol- ¿Por qué no permites que nos unamos? Yo soy joven aún, pero sabio y poderoso, y sé que todo lo que irradia de mí nace del sentimiento que arde en mi interior. Déjame poseerla.
-Nacéis los dos de mí, pero sois de naturalezas distintas y ambas necesarias para el mundo. Tú, Sol, fecundas al mundo, le das color y volumen, lo inseminas de mí. Tú, Luna, eres reflejo mío, naces de mis sueños, iluminas la noche, esparces la esperanza de un nuevo amanecer. Ambos sois necesarios, si os unieseis se rompería el equilibrio, la armonía.
-Cuanto más corre él en dirección mía, más me alejo yo, en contra de mi voluntad- dijo la Luna con voz cálida envuelta en aliento de plata- ¿Cómo voy a esparcir la esperanza si no hay esperanza para mí?
-Sol, tú dices que tu sentimiento por ella es la fuente de tu calor, de tu luz. Tú luna, has comprobado que cuanto más se acerca él, más te alejas tú, aún así has soñado con vuestra unión y al venir aquí albergas la esperanza de que un día os uniréis -recapituló- Seguiréis como hasta ahora, pero cada tanto os dejaré que os unáis, será de forma efímera, momentánea, así la llama de tu
pasión permanecerá viva en ti, Sol; y tú, Luna, seguirás soñando con vuestra unión, manteniendo la esperanza de volver a juntarte con él. Esto pasará de forma aleatoria, cada tanto, para que no caigáis en la rutina y vuestro amor sea eterno.
Pasó el tiempo, y un día, de forma inesperada la Luna se cruzó en el paso del Sol y por un instante privó al mundo de su luz, teniendo ellos intimidad para su abrazo. Así nació el primer Eclipse.
Esta fue la forma en que nuestra heroína solucionó su primera audiencia. Feliz salió a pasear, y en cada lugar que pisaba brotaba una nueva especie de flor, todas y cada una de ellas diferentes en color, tamaño, y forma, mas todas semejantes a Ella. A su vez iban naciendo árboles, unos altos y fuertes con vanidosas hojas, hijas de las flores, que cambiaban de color con las estaciones, pero se caían con el frío, pagando su coqueto otoño pasando frio en el invierno. A los más modestos los hacía más pequeños y sus hojas permanecían abrigándoles en los meses de frío. A todos les concedió frutos de algún tipo, que en su interior albergaban semillas que harían crecer más
árboles.
Andando y andando, llegó hasta una enorme y vasta planicie en la que se encontraba el mundo animal al completo. Todavía eran carentes de forma pero tenían todos corazón, y éste latía ya. Entonces se dedicó a repartir virtudes de forma equilibrada, ¿cómo si no? A los fuertes los hacía lentos y a
los débiles, rápidos. A los más pequeños e indefensos les ordenó vivir bajo la tierra, o en el aire, o en el mar, y les concedió alas y aletas. A unos les ordenó comer la hierba y todo aquello que cubría la tierra, a otros los frutos de los
árboles, y a otros raíces. A unos pocos les concedió la capacidad de cazar y alimentarse de otros animales, pero a éstos les ofreció una exigua descendencia, mientras que a los cazados les concedió una numerosa. A unos revistió bien de pieles densas o mucho pelo, para resistir las inclemencias del delirio amoroso del Sol, a otros les dio caparazones duros, y a todos calzó de una forma adecuada a sus necesidades. Cuando hubo terminado admiró la gran variedad de especies que había creado y el armónico equilibrio con el que cada una de ellas encontraba su estrategia de supervivencia; quedó satisfecha ya que había asegurado la salvación de todas ellas.
Al cabo de un tiempo llegó hasta la Mar y observándola sintió que le inspiraba paz y sosiego. Dirigiéndose a ella le dijo:
-Mar, qué inmensa y calmada eres, me inspiras paz.
-¿Paz? ¿Qué es la paz? – contestó la Mar.
-Es una sensación, una emoción, que hace que la armonía y el equilibrio reinen en mi interior. ¿Cómo tú, que eres tan inmensa, no sabes lo que es la paz?
-Jamás la he sentido, ¿cómo pues puedo saber lo que es?
Quedose nuestra Heroína contrariada y pensativa, ¿cómo algo que infundía tanta paz, podía no saber lo que era? Pensó en su vida y entendió que hasta que no vio la luz no supo lo que era la noche. Entendió que el equilibrio solo se daba entre dos opuestos, y que no podía haber paz, sin que hubiese guerra, que no podía haber calma sin que hubiese intranquilidad. Entonces empezó a espetar a la Mar, a decirle cosas que no osamos escribir aquí, pues no queremos dañar la imagen de nuestra heroína. Hasta que por fin, ésta salió de su letargo, y empezó a moverse, primero poco a poco, y se crearon las primeras olas. Siguió insultándola, y cuanto más la insultaba, más grandes se hacían las olas, hasta que llegó la Mar a vomitar olas gigantes, que se estrellaban violentas contra la orilla.
Quedose asombrada del poder de sus palabras y observando a la enfurecida mar se llenó su ser de una nueva sensación, potente y arrebatadora, el miedo. Entonces, intuitivamente empezó a cantar, y era de tal
naturaleza el canto, que la Mar se empezó a calmar de nuevo, hasta que por fin quedó en reposo.
-Ahora ya sé lo que es la paz, y la calma- dijo la Mar.
-Ahora ya sé lo que es el miedo- dijo Ella.
Despidiose de la Mar y continuó su trayecto meditabunda. Pensó en el miedo, esa nueva sensación que había sentido. Había aprendido dos cosas de su encuentro con la Mar. Todo necesita de su contrario para existir, y era su deber el mantener el equilibrio entre ambos polos. Lo segundo que aprendió fue que por primera vez en su vida, había actuado en contra de su naturaleza, lo hizo de forma intuitiva, pues así actuaba siempre, pero sus insultos provocaron el miedo, y diose cuenta de que el miedo no era bueno.
Entonces vio que la tierra estaba seca y que sin agua todo lo que había creado moriría. Pensó que había mucha agua en la Mar, y este desajuste, este desequilibrio le lleno de tristeza. Fue creciendo su tristeza y conforme crecía se
iba cubriendo el cielo, hasta que llegó un punto en que no se vio el Sol. El mundo perdió color, y volumen, y esto hizo que aumentara su tristeza aún más. Hasta que de repente, cayó una gota, y a esta le siguió otra, y otra, y otra… y del cielo empezó a caer una cortina de agua densa y pesada, que inundó el mundo entero, restableciendo la armonía. Así nació la lluvia.
Siguió su camino y el mundo le pareció demasiado plano, así que empezó a bailar, y conforme bailaba, ahí donde ponía un pie, se hundía un valle y se elevaban montañas a su alrededor. Así empezaron a fluir los ríos desde lo alto de las montañas hasta las planicies cercanas a la Mar. Y se formaron lagos, y en las alturas glaciares. Contemplándolo todo quedo satisfecha con su obra, ya que se parecía cada vez más a ella.
Tras esto llegó a un desierto y le maravilló el infinito panorama de arena. Le recordó a la Mar en calma. El desierto advirtiendo su llegada le habló con voz seca y dura:
-Corren rumores de que algo le has hecho a la Mar. ¿Por qué no me lo haces a mí también?
-Para hacerlo tuve que recurrir a un método que estaba en contra de mí naturaleza y por ello no quiero hacerlo más.
-¡No es justo!- grito el desierto- también yo tengo derecho a más.
Nació así la envidia, sentimiento ajeno a la naturaleza de nuestra heroína, más bien afín al miedo. Como no podía ser de otra forma, nació con ella la solidaridad. El aíre que estaba en reposo, al oír los insultos que el desierto gritaba a nuestra Heroína, se enfureció y salió en su defensa, resoplando tan fuerte sobre él que quedó arrugado; y así se crearon las dunas.
El mundo cambiaba de forma ahora ya por sí mismo, en un lance habían nacido el Viento y las dunas, y ella, nada había tenido que ver al respecto. El equilibrio y la armonía funcionaban por sí solos, si algo crecía en algún lado, decrecía en otro, por cada sentimiento malo surgía uno bueno. No obstante, todo cambió derivaba en un reflejo suyo. Su voluntad se plasmaba sin necesidad de que ella tomara las decisiones. Es como si hubiese iniciado un movimiento que era ya imparable. Y entonces se miró y vio que estaba diluyéndose, no tenía más forma, era como si toda ella estuviese dispersada en todo lo que era, no necesitaba ya andar, pues todo formaba parte de su ser.
Así siguió formándose el mundo y fueron tantas y tan variadas las diferentes expresiones que de nuestra Heroína se formaron que necesitaríamos de varias vidas para explicarlas y nuestro relato debe seguir adelante como siguen avanzando los ríos hacia la Mar.
Pero, ¿y el hombre, que pasó con el hombre?

Capítulo II

El día en que nuestra Heroína encontró a los animales en la planicie, el hombre, no se encontraba allí. Mientras que los demás animales eran de naturaleza tímida y huidiza, el hombre era curioso, y no pudo contener su ansia por conocer, así que mucho antes ya había partido. Conforme se fueron formando los diferentes fenómenos él iba siendo testigo de todos. Así se admiró de las estrellas, la luna llena, el amanecer, el ocaso, el frío de la noche, el calor del medio día, la primera estrella fugaz, el primer eclipse, las furiosas olas del mar, las dunas del desierto, el viento, la lluvia. Y ante todo ello se sintió solo y desprotegido, desnudo.
Un día vio que todos los animales con los que había compartido planicie en un principio, habían sido dotados de virtudes que facilitaban su supervivencia. Estaban cubiertos de pieles y pelo, pero él se encontraba desnudo. Unos volaban, otros eran veloces, otros eran fuertes, todos sabían de qué tenían que alimentarse. Vio que el carecía de una estrategia clara para sobrevivir, de nuevo se sintió solo y desprotegido, desnudo. Entonces alzó la mirada al cielo, y un sonido extraño y alto salió de su boca, que hasta entonces nunca había emitido ningún sonido:
-¿Por qué?- fue lo que gritó.
Y así nacieron las primeras palabras y con ellas el pensamiento humano.
Entonces algo cambió, a esa primera palabra le siguieron muchas otras. Decidió observar a los demás animales y probó a alimentarse con todo lo que ellos se alimentaban. Intentó cazar pero no pudo, y por un tiempo muy largo se alimentó de frutos y raíces. Encontró cuevas para refugiarse del frio y descubrió que cuando hacía calor se podía refugiar a la sombra de un árbol.
Nuestra Heroína todo lo veía, ya que todo era, y sentíase hundida por no haber podido ayudar al hombre cuando aún tenía forma, pero ahora hallábase diluida, dispersa. Aferrábase a la esperanza de que hasta entonces todo había seguido un curso natural, y que todo, a excepción del hombre, era acorde a su ser, por lo tanto, tarde o temprano debía equilibrarse. Una noche algo mágico y maravilloso sucedió. El cielo estaba cubierto y se presentía la lluvia. A lo lejos algo iluminó el horizonte y al poco se oyó un gran estruendo, se volvió a iluminar y le siguió otro estruendo, y así fueron sucediéndose; fueron los primeros rayos que vio el mundo, y los primeros truenos que escuchó.
El hombre se hallaba a cubierto en una cueva cuando un rayo cayó en los arbustos de delante. El arbusto se iluminó y empezó a irradiar calor. El hombre se sintió instintivamente atraído por ello, y una nueva palabra surgió de su boca:
-Fuego.
Toda la noche la pasó mirándolo, ensimismado. Algo en su interior le aseguraba que en el fuego estaba la clave, que si conseguía dominarlo, poseerlo, entonces sería más poderoso que el resto de los animales, no volvería a pasar frio, ni hambre. Es difícil saber cómo lo supo, pero lo supo. Los siguientes días los paso intentando encontrar una manera de hacer que el fuego brotase de nuevo. Clamó al cielo, le pidió que cayesen más rayos, mas éste hizo caso omiso. Se sintió inútil, impotente, pequeño. En su desesperación cogió una piedra y empezó a golpear el suelo repetidas veces, hasta que esta piedra dio con otra, y surgió una chispa. Tan rápido como surgió se extinguió, el hombre dudo de si en realidad la había visto o no, tan fulminante había sido el destello. Había algo en esa chispa que le recordó al fuego, así que volvió a golpear la piedra contra la piedra, y vio que volvía a pasar. Repitió el movimiento cada vez con más ímpetu, hasta que por fin, unas chispas saltaron a unas hojas secas y se inflamó la llama.
Entonces el hombre entendió que su poder estaba en las manos, ya que con estas había conseguido crear el fuego. Empezó a crear armas con piedras y gracias a éstas pudo cazar. Las presas las puso en el fuego, pues fue a través de él que el hombre empezó a pensar en lo sagrado, y las comió y su calor y su sabor le gustaron. Despellejó los animales y las pieles las usó para protegerse del frío.
Ya no se sentía solo, ni desprotegido. Más bien se sentía agradecido hacia aquello que le había enviado el fuego. Se sentía capaz de sobrevivir y de hacerlo no como se lo habían otorgado, sino como él aprendiese a hacerlo. Sintió que tenía infinitas posibilidades y por vez primera le gustó no ser como los animales. Fue entonces cuando en una noche despejada alzo el rostro al cielo y viéndolo cubierto de un manto infinito de estrellas pronunció por vez primera la Palabra:
-Dios.
Tras pronunciar esta Palabra al hombre le cayó un velo de los ojos y empezó a ver el mundo de otra forma. En una cálida tarde primaveral miró a su compañera y ésta le miró a él. Se observaron detenidamente, y lo que vieron les causó placer. Se acercaron, se olieron y sus aromas les parecieron embriagadores, envolventes, más aún que el de las frutas, más aún que el de las flores. Ella le olió debajo de la mandíbula, entre la cabeza y el cuello, profundamente. Él empezó en la cabeza, bajo al cuello, le olió debajo del brazo, los senos, el ombligo y llego al fin a la entrepierna; olió su sexo y una enorme e indescriptible ola de placer invadió su cuerpo de forma tan brusca, que se separó de ella. Temerosos, sintiendo como sus sexos se atraían, como el de él crecía y se elevaba y el de ella se tornaba húmedo, se volvieron a acercar. Mirábanse a los ojos y sus miradas eran como imanes que atraían al uno hacia la otra, y la otra hacia el uno. Entonces sus labios se tocaron, tan solo por un instante, que a ambos recordó a la primera chispa que vieron. Tras ese primer contacto sus manos buscaron el cuerpo del otro y parecioles que la piel
era más suave que el tacto de la hierba o el pétalo de una flor. Sus labios se volvieron a tocar pero esta vez no se separaron y pudieron probar el sabor del aliento ajeno, y les pareció más dulce que la miel. Se acostaron en la hierba y se dejaron llevar por la música que surgía de sus cinco sentidos embriagados. Se besaron cada rincón del cuerpo, primero ella y después él. Entonces instintivamente, ella separó sus piernas y él se posicionó entre ellas, mirábanse a los ojos pero no era ya solo la mirada la que era un imán, también se atraían de forma incontrolable sus sexos. Él la penetró, despacio, cuidadosamente; ella le recibió, con los ojos cerrados, entre temerosa y excitada. Penetró hasta que sus cuerpos se tocaron y así permanecieron un rato en silencio. Sentianse uno, unidos, sus cuerpos entrelazados; no sabían dónde empezaba el uno y acaba la otra. Ella abrió los ojos y se encontró con su mirada. Entonces los dos a la vez susurraron una nueva palabra:
-Amor.
Al cabo de un tiempo el vientre de ella empezó a crecer y un día dio a luz a gemelos, un niño y una niña. La vida del hombre era muy diferente ya de cómo fue al principio. Sentíase feliz y decidió construir un templo a Dios que tanto bien le había hecho, regalándole el fuego, el Amor, la vida, su familia, el alimento… Ya no estaba solo, ahora eran muchos, así que aunaron sus fuerzas y construyeron un templo de piedra tan grande como pudieron, y en su centro, construyeron un altar.
Tan orgullosos se sintieron del templo que decidieron abandonar la vida nómada. Pronto se dieron cuenta de que quedándose en el mismo lugar siempre, acabarían con la caza, así que aprendieron a trabajar la tierra y a domesticar a los animales. La vida se volvió más fácil, se creó un excedente, sobrevivir ya no era la máxima. Se dividieron el trabajo y vieron que les sobraba mucho tiempo. Todos eran descendientes de aquellos primeros hombres que tanto habían sufrido por sobrevivir, y no estaba en su naturaleza el simplemente ser, el vivir plácidamente. No en vano fue su curiosidad y su inquietud la que los había separado del resto de los animales. Así muchos se dedicaron a hacer la vida más fácil para los demás, empezaron a crear más y más artilugios y con cada uno de ellos el esfuerzo por sobrevivir era un poco menor.
Y se creó más y más excedente hasta el punto en que los más fuertes se quedaron con él, y lo cambiaron por trabajo. Dejaron de compartir y empezaron a intercambiar. Surgieron los mercados, y con ellos la avaricia. Hasta que un día encontraron oro, y fue éste fuente de grandes disputas.
Otros se apoderaron del templo, y se autoproclamaron guardianes de Dios. Al principio fue uno y luego fueron muchos hasta que un solo Dios no bastó y crearon más y les dieron nombres, y reclamaron sacrificios para todos ellos, y tantos llegó a haber que no había día, en que los sacerdotes no comieran carne de alguno de los sacrificios que en nombre de alguno de ellos se hacía. Se apoderaron también de la verdad y la vendieron por oro
con el que cubrir sus templos.
¿Y nuestra heroína, qué fue de Ella? No penséis que nos hemos olvidado de Ella, pues ella todo lo es y todo lo será siempre. A pesar de que el hombre se le escapó cuando dio forma al mundo estaba éste sometido a las mismas reglas que el resto de la creación. Sin embargo no estaba sometido a Ella ni a su reinado. Al mirarlo sentía que de todos los seres era al que más quería, ya que éste podía volver a Ella o no hacerlo, era libre de su mandato. Se enorgullecía de aquellos que sin saberlo se parecían a Ella, y se entristecía de aquellos que pudiendo parecerse a Ella, no lo hacían. Se fijaba pues en aquellos que dedicaban su libertad a amar, ya fuera a la familia, a su trabajo, al mundo, o a la sabiduría. Pues además de los antes ya nombrados, también surgieron hombres cuyas almas eran fiel reflejo de nuestra Heroína. Ella estaba en la mirada de una madre a su hijo recién nacido, estaba en el ingeniero que creaba un nuevo artilugio para mejorar la vida de la comunidad, estaba en los pensamientos y razonamientos de los que se llamaron filósofos, estaba en aquellos que consiguieron manipular el sonido y cantaron en su honor, estaba en aquellos que aprendieron a modificar el color y la piedra representándola a Ella en todo su esplendor, y estaba en aquellos que hicieron de la palabra un templo en su nombre.
Y es que amigos, si recordáis bien, Ella no es eterna pues nació, y de ella nació el mundo; es inmortal. Dio forma a las cosas pero no las creó. Sin embargo nada puede surgir de la nada, hay algo que existía previo a Ella, algo de lo que ella nació, emanó. Algo que sí es eterno. Algo que abarca absolutamente Todo. Algo de donde procedemos nosotros. Algo a lo que Ella nos puede guiar y conducir. Algo que existe en nosotros pues al igual que el resto de la creación pertenecemos a ese algo. Algo de donde venimos y adonde debemos retornar. Algo que es uno y todo a la vez. Algo que tiene un nombre calumniado, ensuciado, pervertido, explotado, ninguneado, y que como poeta lucharé toda mi vida por limpiar. Algo que no me resisto a nombrar:
-Dios.

Capítulo III

Corren malos tiempos para nuestra Heroína. Han pasado muchos siglos desde que Ella reinó y aquello que había nacido en el hombre con su conquista del fuego tiraniza el mundo, ya no solo al hombre, sino que a la creación entera.
Es difícil mantener cualquier equilibrio ya, el hombre ha adquirido tanto poder sobre el resto de la creación que se ha convertido en la mayor amenaza contra sí mismo. Sin embargo el equilibrio, como ya hemos dicho estaba preestablecido y nuestra heroína es inmortal. Así que cuanto más poderoso se hace éste, más se aleja del resto de la creación, llegando a creerse estar por encima de sí mismo, por encima de Dios.
Se han creado capas y más capas, por encima y por debajo de Ella, tantas capas que es necesario quitar muchos velos para llegar a su esencia. Se la ha matado de hambre y se la ha hecho desfilar por una pasarela, y a eso lo han bautizado con su nombre. Se han maltratado animales para hacer bolsos con sus pieles, y de estos se ha dicho que son afines a ella. Se han diseñado máquinas que hacen mal al medio y de ellas se ha dicho que están impregnadas por nuestra Heroína. Se cree que es a través de los sentidos que se llega a ella, y no a través del corazón. Se cree que es algo que se puede pensar con la mente, ver con el ojo de la razón, mas solo es posible verla en todo su esplendor con el ojo del alma, y los hombres ya no creen en el alma.
Incluso en el Arte se ha renunciado a ella. Aquellos que cantaron en su honor, aquellos que aprendieron a modificar la piedra y el color para representarla en todo su esplendor, aquellos que hicieron de la palabra un templo en su nombre, renegaron de ella. Les parecía sosa, aburrida, pasada de moda. Y así fue desterrada de la música, de la pintura, de la escultura, de la poesía, de las aulas, de los museos, de la política, de todo aquello de lo que la pudo desterrar el hombre; mas hubo un sitio del que no pudo ni podrá desterrarla nunca: de sí mismo, de su alma.
A pesar de que el hombre siempre fue libre, a pesar de que Ella nunca pudo darle forma, todo lo que es, nació de ella, por lo que Ella estaba presente en todos y cada uno de los humanos, en todos ellos existía la semilla que la podía hacer crecer, convirtiéndolos a ellos en fieles reflejos de su ser. Todo humano tenía la potencia, la posibilidad, la necesidad e incluso la tendencia de dejarla crecer, de llevar una existencia afín a ella y al resto de la creación. Había sido destronada, pero no aniquilada.
En este contexto nació León. León fue educado a no creer. ¿A no creer en qué? Pues en nada, más que en lo que sus sentidos le mostrasen. Desde pequeño hubo algo en el mundo que le había tocado vivir que no le convencía, no se sentía a gusto en él. Tenía la sensación de que había más de lo que le explicaban, se negaba a basar su existencia en los valores que trataban de inculcarle, y se refugiaba en los libros. Era un chico introvertido, de pocos amigos, extraño a los demás.
Así pasó sus años de colegio, sin hacer buenos amigos, metido en su mundo, leyendo. Cuando leía era dueño de su propio universo, nadie le decía como eran las cosas, eran como el decidía que fueran. La lectura era su única amiga, su refugio, donde verdaderamente se sentía libre.
Un día, de la forma menos inesperada apareció Ella. Tenía una hora libre entre clases y estaba sentado en la hierba de la facultad leyendo una novela rusa del siglo diecinueve cuando se le acercó.
-Es buenísima, aunque un poco triste, ¿no crees? –le dijo.
El levantó la mirada del libro y lo primero que vio fueron sus ojos, eran almendrados y oscuros, profundos; intuyó en ellos algo que no había visto antes. Se quedó desconcertado, desubicado.
-Más que triste realista – le contestó.
-Eso será tu realidad, la mía desde luego no es tan triste – le contestó sentándose a su lado – Hace tiempo que me vengo fijando en ti. Parece que estés soñando siempre, como en otro mundo. Nunca hablas con nadie.
-Prefiero leer, la gente solo habla de tonterías.
-No todos, también hay gente interesante. Me llamo Radha.
-¿Radha? Es un nombre hindú, ¿no?
-Sí, mi padre es hindú, mi madre de aquí, se conocieron en la India en los años setenta, cuando mi madre estaba viajando en plan mochilera. Y tú, ¿Cómo te llamas?
-León.
-Encantada de conocerte León- y le dio dos besos- ¿haces algo esta noche?
-Lo de siempre, leer.
-Está noche no León, quedamos aquí a las nueve y media- y sin mediar más palabra se levantó y se fue.
León se quedo perplejo, ¿quién era esa chica?, ¿por qué se había interesado en él?, ¿por qué se había sentido cómodo a su lado? Decidió acudir a la cita.
A las nueve y cuarto estaba ya esperándola, a la media apareció. Al verla llegar pudo fijarse en ella y se dio cuenta de lo mucho que le atraía. Era alta y esbelta, tenía el cabello largo y negro, hasta la cintura, sonreía y esa
sonrisa despertaba en él otra nueva sensación, otra más.
-Hola, no estaba segura de que vendrías.
-Yo tampoco, la verdad.
-No te arrepentirás. Hoy vas a ver que hay vida fuera de los libros – y mirándole directamente a los ojos, sin darle posibilidad alguna de réplica le dijo - Sígueme.
Se pusieron a andar y ella habló mucho. Habló de la India, donde iba a pasar largas temporadas con sus padres desde que era niña. Habló de literatura, de los poetas que más le gustaban y las novelas que más había disfrutado, y se dio cuenta León de que había leído mucho.
Habló de arte, de música, y él la escuchó, sintiéndose cómodo y a gusto. Llegaron al casco antiguo de la ciudad, donde las calles eran oscuras y laberínticas. Él nunca se había aventurado por ellas, y menos de noche, pero Radha parecía sentirse cómoda en ellas, parecía conocerlas a la perfección. Por fin llegaron, o por lo menos así se lo dijo ella. Él no veía más que una puerta vieja y sucia de un edificio destartalado. Llamó a un timbre, tres golpes
rápidos y dos cortos.
-¿Quién es?- se oyó desde dentro.
-Radha, vengo con un amigo.
Sonó la cerradura, pesada y vieja al girar, y se abrió la puerta. Dentro estaba oscuro también y León se sintió intimidado, tal vez no había sido tan buena idea quedar con esta alegre y desconocida extraña. Se giró y la miró, y al verla todas sus dudas se disiparon. Entraron y bajaron una escalera, desprendía un olor extraño, y a lo lejos se oía un murmullo. Conforme descendían se empezó a ver un destello de luz que se escapaba por debajo de una puerta. ¿Qué escondería esa puerta? La abrieron y dentro de la habitación había un grupo de unos veinte gitanos, hombres y mujeres. Bebían vino y charlaban animosamente, en una esquina vio dos guitarras y un cajón.
-Radha, ya era hora. ¿Y este payo, ande las sacaó? – le dijo un gitano grande.
-Hola Miguel, es un amigo. ¿Y la música?
-Tamos descansando un poquito. Pero ya vamos por bulerías, ¿no? Ale Manué, coge la guitarra que vamos a cantarle una bulería a la niña.
Se sentaron en una mesa y empezó la música. Les trajeron una botella de vino y dos vasos. Tocaban dos guitarras y un cajón, y el gitano grande cantaba. Todo el mundo tocaba las palmas. El cuarto estaba inmerso en una nube de humo. En susurros ella le contó que desde pequeña siempre se había sentido atraída por el flamenco, que tal vez era porque lo llevaba en la sangre, ya que tenía muchas similitudes con la música india. Poco a poco ella se fue metiendo más en la música y olvidándose de él. A él en un principió la música le pareció extraña pero cada vez la entendía más y mejor. Le gustaban las letras, eran simples pero profundas, entonces cantaron por tango una canción, y ella se levantó y se dirigió al centro del sótano.
La letra decía así:
“A un sabio le oí decir
ay del libro de la experiencia
ay del libro de la experiencia
a un sabio le oí decir,
que se cumple la sentencia
antes de llegar su fin.
Del libro de la experiencia
a un sabio le oí decir.
Pena más grande tiene
ay aquel que ha visto y no ve
aquel que ha visto y no ve
ay aquel que ha visto y no ve
más feliz hubiera sio
quedarse ciego al nacer.
Qué pena más grande tiene
aquel que ha visto y no ve.”

Entonces ella empezó a bailar, primero despacio, al compas, y a cada golpe de la guitarra le respondía un movimiento de su cuerpo, a cada vibración de la música le seguía un movimiento de sus caderas.
-¡Baila india, que bailas bien!- se oía decir – ¡ole la morena guapa!
Entonces ella empezó a taconear, ya no era su cuerpo el que seguía a la música sino que al revés, la música le seguía a ella, marcaba el compás y estaba como transformada. De repente la vio más grande, poderosa, todos los ojos estaban posados sobre ella, había tomado el control del sótano. Empezó a sacar, y a sacar, y lo que sacaba salía de lo más profundo de su ser. Taconeó y
taconeó, giró sobre sí misma, se levantó la falda, volvió a girar sobre sí misma, todo mientras taconeaba furiosamente, la música se elevo con ella, hasta que llego la catarsis, el culmen, la cima. Paró ella y con ella la música, tenía un brazo en alto y otro por debajo de la cintura, el pecho henchido, jadeante, sus negros ojos desprendían fuego y le miraban directamente a él.
Fue entonces cuando León la vio por primera vez. ¿A Radha? No, a nuestra heroína.
A partir de ese día fueron inseparables, creció entre ellos una gran amistad que no tardó en convertirse en amor. León sintió que podía compartir su mundo con alguien y la dejó entrar. Radha encontró un compañero con quien compartir su vida, sus intereses, sus inquietudes, sus pasiones. Iban a museos, leían poesía juntos, iban a escuchar flamenco y él la observaba bailar, se escapaban al campo, hablaban horas y horas, discutían sobre filosofía, escribían relatos juntos, hacían el amor, soñaban un sueño conjunto.
Un día paseando por el campo encontraron dos encinas, una a cada lado del camino. Eran ambas fuertes y habían crecido separadas, dejándose espacio para que creciesen sus raíces, pero en lo alto se juntaban, convirtiéndose en una sola. Al verlas dijo Radha:
-¿Ves esas dos encinas? Son como nosotros, crecieron separadas pero llegó un momento en el que se unieron, y a pesar de seguir siendo dos árboles, en su parte más elevada son uno, están unidas. Siempre han
estado unidas y siempre lo estarán.
Y así pasó el tiempo, y ellos lo pasaron felices, enamorados, creciendo juntos, desarrollándose como personas. Hasta que una noche León recibió una llamada.
Era la madre de Radha, Radha había sufrido un accidente, iba en bicicleta y un tranvía la había arrollado. Estaba muerta.
Tras el entierro, decidió irse a la India. Vivía envuelto en tinieblas y todo en su ciudad le recordaba a ella. Se volvió arisco y solitario, no hablaba con nadie, vivía encerrado en sí mismo. Cuando dijo en casa que se quería ir a sus padres les pareció bien. Se compró una mochila pequeña, la llenó con poca ropa y muchos libros y cogió un avión a Delhi. Solo tenía billete de ida.
Los primeros días fueron duros, el calor era extremo, el ruido constante, el olor punzante, el caos imparable, había gente por todas partes. Se compró un billete de autobús a Naggar, un pueblo del Himalaya. Al llegar conoció a Pahuán, un hombre de mediana edad que decía ser guía de montaña. Empezaron a trabajar juntos organizando excursiones de hasta una semana por las montañas. León conseguía los clientes y cargaba con una mochila de más de 30 kilos en las excursiones. Al principió le costaba mucho, subían hasta más de cuatro mil metros de altura y tenía que cargar con mucho peso. Tardó casi un mes en acostumbrarse y aún así se sorprendió de lo rápido que lo hizo.
Ahora se sentía bien en las alturas. Le gustaba la sensación de soledad y de estar en la cima del mundo.
Sentía que cuando estaba en lo alto los problemas del mundo que quedaba ahí abajo no le afectaban. Había días, cuando llegaban a pasos entre valles, en los que se podía ver la cordillera del Himalaya. Mirase donde mirase veía montañas de más de seis mil metros, todo piedra y nieve, sin verde, una altura inhóspita que no permitía a la vida crecer; esos eran los días en que más tranquilo se sentía.
Un día estando en Naggar en casa de Pahuán llegó la lluvia, y se quedó tres meses. Vivió los tres meses en una cabaña que se alquiló a tres kilómetros del pueblo, y en esos tres meses casi no vio a nadie. Permaneció envuelto en la niebla y la lluvia del monzón, y de su alma.
Hasta que una mañana despertó antes de que llegase la Aurora y ésta llegó despejada, radiante, pintando el mundo con su pincel de oro rojo. Cogió provisiones, el saco, la tienda y ropa de abrigo. Lo metió todo en la mochila y salió solo a reencontrase con la montaña; la había echado de menos.
Empezó a subir y a subir, se dio cuenta de que los tres meses de inactividad le habían pasado factura. Sin embargo conforme subía notaba como se iba liberando, se sentía más ligero. Volvía a ascender, a evadirse del mundo, a estar por encima dél. Subió más de doce horas, sin parar ni tan siquiera a comer. Llegó a un paso, pero decidió seguir subiendo, y llegó más alto de lo que había llegado nunca.
Cuando debía estar a más de cinco mil metros de altura encontró un sitio perfecto para dormir, una repisa con una pequeña cueva. La ladera era muy escarpada y cuando se sentaba en la repisa le colgaban las piernas, había subido muy alto. Se dio cuenta de que no tenía leña, y de que le quedaban solo tres litros de agua. Por suerte un poco más arriba había nieve, pero solo tenía arroz y lentejas que no podría cocinar. Montó la tienda, se puso toda su ropa de abrigo y se sentó en la repisa a ver como paulatinamente se iba apagando la luz del mundo.
Pasó una noche horrible, hacía muchísimo frío y no tenía calorías para quemar, casi no durmió, cuando empezaba a asomar el alba salió fuera y se sentó en la repisa, daba hacía el este. Poco a poco se fue dibujando el mundo ante sus ojos: picos y más picos de inmensas montañas hasta donde alcanzaba la vista, un gran valle bajo sus pies y el cielo despejado, iban adquiriendo color y forma paulatinamente. Sentía el movimiento de la Aurora, firme y decidido. De repente asomó la cara el Sol, solo un rayo por detrás de la cordillera, y ese rayo le iluminó directamente a él. Fue un instante, ya que el Sol también avanza con paso firme y decidido, persiguiendo a la Aurora. Fue un instante, pero en ese instante en que sintió ser el primero en ver al Sol, en que se sintió iluminado por el primer rayo; la volvió a ver, ¿a quién?, a nuestra heroína, ¿a quién si no?
Se acordó de la primera vez que la vio, en aquel sótano lleno de humo, en la mirada de Radha. Se puso a pensar y recordó que después de aquella noche la había vuelto a ver muchas veces más. La había visto en Radha; en su sonrisa, en su pelo, en su ombligo, en el sabor de sus besos, en su olor, en el sonido de su risa, en sus pensamientos, en su desenfadada forma de vivir, en su libertad. Entendió que no la podía haber visto con los ojos, pues el olor no se huele con la vista, ni se oye la risa, ni se piensa la libertad. Pensó y pensó, y el sol se elevó hasta lo más alto del cielo y cayó por el oeste.
Pasó otra mala noche, pero consiguió dormir algo, y al llegar la Aurora lo encontró esperándola, sentado en la repisa. Al salir el Sol, con el primer rayo la volvió a ver, solo que esta vez fue de forma más nítida y no tan breve.
Se fueron sucediendo los días y las noches, y cada madrugada la veía más nítida y por más tiempo. La luna fue creciendo también, hasta que una noche, tras caer el Sol, la vio asomar en plenitud, en forma perfectamente esférica, eterna, sin principio ni fin; y la vio de nuevo, esta vez revestida de plata. Pasó la noche entera mirando a la Luna, y su luz le llegaba repleta de reminiscencias de Ella.
Llevaba más de una semana sin comer y durmiendo mal, pero esa noche se sintió fuerte, ligero, con la mente clara y despierta. Le entró calor y se desnudó. Al llegar la Aurora sintió algo henchirse en su pecho conforme está avanzaba. La empezó a ver, estaba Ella en todo y cuando llegó el primer rayo del Sol la oyó:
-Sígueme.
Y la siguió, pero sin moverse. Le cogió de la mano y se fundió con todo. Vio a Radha, su sonrisa, su pelo, sus ojos, después vio las dos encinas que habían visto aquella tarde en el campo y se convirtió en ellas, siendo uno con Radha. De la encina pasaron a la tierra, a través de las raíces, y se sintió uno con Radha y con la tierra. Entonces ascendió a través de los rayos del Sol hasta llegar a su centro y volvió a descender iluminando al mundo. Y entendió que todo era uno, que pertenecía, que él era parte de un todo eterno y bueno, de donde todo provenía y se expresaba de infinitas formas diferentes. Vio detrás de nuestra Heroína, a través de sus ojos, y lo que vio le reveló que Radha no había muerto, ni tampoco él lo haría.
Por un instante fue la eternidad, el infinito, el bien imperecedero, la unidad; Dios.



A.M.B.
Enero de 2012

 

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